Alguien se quedó mirando las butacas de un teatro y en su mente aparecieron píxels. De ahí a hacer una partida de Pong con personas grabadas en stop motion sólo hubo un paso. Ese alguien fue el artista franco-suizo Guillaume Raymond, del estudio NOTsoNOISY. Le gustó el resultado y continuó la serie con otros videojuegos míticos: Space Invaders, Pole Position y el inefable Tetris. El furor en la red fue tal que Youtube le otorgó el premio al vídeo más creativo del 2007. Sin embargo, la idea de base no fue la única clave de su éxito.
Es innegable que los primeros instantes del vídeo, cuando el espectador toma conciencia de la esperpéntica puesta en escena que contempla, contienen una fuerza de atracción muy poderosa. El efecto sorpresa se une al recuerdo inmediato de un icono generacional visto desde una perspectiva insólita para provocar, cuanto menos, una sonrisa cómplice. Pero como decía Hitchcock, la sorpresa sólo es efectiva durante unos segundos. Para prolongar el interés del espectador es necesario el suspense.
Muy consciente de ello, Raymond apela al suspense ya en la presentación textual de sus obras: "¿cómo acabará la partida?", se afana en apostillar. Una vez ha conseguido captar nuestra atención, una vez desvelada la anécdota, entramos en una nueva incógnita que nos mantiene expectantes hasta el final. Sabemos que no existe ni la programación de la máquina ni la pericia de ningún jugador, sólo un guión prestablecido. Pero, como en cualquier ficción, sentimos empatía hacia el personaje, sufrimos cuando está en apuros y nos entusiasmamos cuando se acerca a su objetivo. Incluso cuando no vemos más que su avatar, reconvertido irónicamente en figura humana.






